Emir
Era lunes y, como siempre, llegué a la empresa sin siquiera detenerme a saludar a los empleados. Al verme, todos se levantaron y me saludaron, pero yo me limité a detenerme y observar a las secretarias con mi habitual mirada penetrante. Siempre me aseguraba de que estuvieran bien arregladas. Me fijé en una de ellas, y noté algo que no me gustó.
—Parece que no tuviste tiempo para arreglarte el lazo del uniforme —le dije, señalando el pequeño descuido.
—Lo lamento, señor —respondió con un t