Estaciono frente a la gran puerta de la lujosa casa a la que vengo y sonrío. ¿Qué mejor forma de ocultar al empleado de una operativa, que al hijo de una pareja influyente y con mucho dinero, al cual no le prestan la suficiente atención como para que actúe a sus anchas? Veinte años y muy hábil, un desperdicio encerrado en su casa al cual supe sacarle buen provecho.
Me bajo del auto y me encamino hacia la entrada, aunque no necesito siquiera alcanzar el último escalón, para que la doble hoja de