Y sí, ambos quedaron encerrados en esa habitación. No había ventanas ni nadie que pudiese molestar. Alice se sentía culpable por lo que haría, pero estaba acostumbrada a querer huir cuando se trataba de su padre.
—Hasta aquí escucho tus pensamientos —le dijo el mafioso, acercándola, para abrazarla por la cintura—. ¿Estás bien, Alice?
Ella lo miró a los ojos y sonrió. No veía problema en quedarse con él para siempre. Podía decir que le gustaba más de lo que lo odiaba, pero si él solo la quería p