Capítulo 5

—Solo dime qué debo hacer para que cambies de opinión. Haré lo que sea para arreglar las cosas. Por favor... no me dejes. No destruyas lo nuestro.

—¿Podrías dejar de interrumpirme cada vez que hablo? —gruñó Kayden.

Aria se estremeció ante la dureza de su voz.

Jamás había escuchado a su esposo hablarle de esa manera.

Aquellas palabras le atravesaron el corazón, pero se negó a retroceder.

Era Jayden.

Su Jayden.

Fuera cual fuera la tormenta que lo estuviera consumiendo, ella la enfrentaría junto a él.

Tenía que hacerlo.

Impulsada por la desesperación y el amor, lo abrazó con más fuerza por la espalda, pegando su cuerpo al de él.

Levantó la vista y lo miró con aquellos grandes ojos brillantes por las lágrimas.

Luego, muy despacio, se humedeció los labios de forma seductora, tal como había leído una vez en aquellos artículos nocturnos que prometían "reavivar la chispa" del matrimonio.

La respiración de Kayden se entrecortó.

Las suaves curvas de Aria se amoldaban a su cuerpo, mientras el delicado aroma a lavanda mezclado con el cálido perfume de su piel lo envolvía como una droga irresistible.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

La garganta se le secó.

Un calor abrasador recorrió cada rincón de su cuerpo, despertando una parte de sí mismo que había creído muerta hacía mucho tiempo.

Creía odiarla.

Creía que ni siquiera soportaba respirar el mismo aire que ella después de todo lo que le había hecho años atrás...

Después de destruir el futuro que él había imaginado ingenuamente cuando ella eligió a su hermano gemelo.

Entonces...

¿Por qué reaccionaba de esa manera ante su contacto?

¿Por qué cada caricia y cada provocación hacían que su propio cuerpo lo traicionara mientras el odio seguía ardiendo en su pecho?

¿Por qué ella?

¿Y por qué ahora?

—Lárgate —espetó con una voz que no admitía discusión.

—Por favor... no me rechaces —susurró Aria mientras nuevas lágrimas inundaban sus ojos—. No puedo soportarlo, cariño. Hazme el amor como antes... o como tú quieras. Soy tuya. Solo... no me eches de esta habitación.

Algo cambió dentro de Kayden.

Un aura helada emanó de él.

Su mirada se volvió oscura.

Peligrosa.

La de un depredador acechando a una presa herida.

Los celos y la posesividad rugieron con fuerza en su interior.

Debía ser mía.

Solo mía.

No de Jayden.

De nadie más.

Y, sin embargo...

Allí estaba ella.

Ofreciéndose a él con tanta entrega, convencida de que estaba frente a su hermano.

Cuanto más revivía el pasado, más crecía la rabia que llevaba años enterrando.

Hasta que algo terminó por romperse en su interior.

Volvió a desear aquello que creía haber olvidado para siempre.

Volvió a anhelar todo lo que alguna vez había soñado tener y que había encerrado en el rincón más oscuro de su corazón.

Estaba cansado de ser el maldito.

El que siempre se quedaba atrás.

El sustituto.

El reemplazo.

Ahora quería ser el protagonista de su propia historia.

Ya no estaba dispuesto a seguir viviendo en las sombras.

Pero, por encima de todo...

La quería a ella.

Quería verla suplicarle.

Quería escucharla gritar mientras se retorcía debajo de él.

Lo quería todo.

—Está bien.

Aquellas dos palabras fueron tan frías como el acero.

El alivio iluminó el rostro de Aria como el de alguien que logra salir a la superficie después de haber estado a punto de ahogarse.

—Gracias, amor... —susurró.

Se puso de puntillas para besarlo.

Pero la mirada glacial que él le lanzó la dejó completamente inmóvil.

Con el corazón desbocado, cambió de dirección en el último instante y depositó un beso débil y tembloroso sobre su barbilla. 

—Me obedecerás —ordenó Kayden con voz baja y autoritaria—. No harás nada sin mi permiso. ¿Entendido?

Aria asintió de inmediato, tragando saliva.

—Sí... lo entiendo.

Intentó convencerse de que aquel comportamiento solo era consecuencia del dolor de Jayden.

Quizá estaba bajo demasiada presión.

Quizá su familia lo había manipulado una vez más.

Después de una noche de reconciliación, todo volvería a ser como antes.

Siempre había sido así.

—Más vale que no te arrepientas después —advirtió Kayden con expresión impasible.

Entonces, sin el menor atisbo de calidez, dio la siguiente orden.

—Quítate la ropa.

Aquellas palabras cayeron sobre Aria como un trueno.

Su cuerpo se tensó al instante, mientras una leve inquietud se instalaba en su estómago.

Su voz...

Sonaba distinta.

Más fría.

Más distante.

Pero apartó rápidamente aquella duda.

Esta noche le pasa algo.

Solo complácelo.

Mañana, cuando se haya calmado, podrán hablar de los papeles del divorcio.

—Sí... —se dijo en voz baja—. Esta noche... solo déjate llevar.

Al ver que tardaba demasiado en reaccionar, Kayden esbozó una sonrisa cargada de desprecio.

—¿No entiendes una orden tan simple? Si no quieres hacerlo, lárgate. No me hagas perder el tiempo.

—¡No... espera! Sí quiero...

Con manos temblorosas buscó la cremallera de su vestido.

El suave sonido al deslizarse pareció resonar por toda la silenciosa suite.

El vestido blanco resbaló lentamente por sus hombros hasta caer a sus pies.

Permaneció unos segundos inmóvil.

Después, volvió a llevar las manos hacia la espalda.

Desabrochó el sujetador y lo dejó caer al suelo.

El rubor cubrió sus mejillas.

Jamás se había sentido tan vulnerable delante de él.

Normalmente todo ocurría entre sábanas suaves, con las luces tenues y las tiernas palabras de Jayden tranquilizándola.

Aquella noche era diferente.

Había algo...

Peligroso.

Respiró hondo antes de deslizar lentamente la última prenda que llevaba puesta.

Cuando terminó, permaneció inmóvil frente a él.

Sus manos parecían no saber dónde colocarse.

Cambió varias veces el peso de un pie al otro, hundiendo ligeramente los dedos en la alfombra, incapaz de ocultar su timidez.

Kayden la recorrió con la mirada.

Cada detalle de ella quedó grabado en sus ojos.

Era... deslumbrante.

Aun así, obligó a su rostro a permanecer completamente inexpresivo mientras reprimía el deseo que amenazaba con traicionarlo.

Está fingiendo.

Todo esto es para Jayden.

Se acercó lentamente hasta quedar frente a ella.

—Arrodíllate.

Aria obedeció sin oponer resistencia.

Se arrodilló lentamente mientras su corazón latía con fuerza contra su pecho.

Desde esa posición, solo podía ver sus impecables zapatos de cuero y el elegante pantalón de su traje.

—Desabróchame el cinturón —ordenó Kayden con voz ronca—. Y demuéstrame lo bien que sabes obedecer.

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