Aiden
Leah estaba tumbada en el sofá, con las piernas colgando por el borde. Se había quedado dormida antes que Roman, a quien acababa de acostar.
Su pelo corto caía sobre su rostro en ondas salvajes, ocultando sus facciones y dejando al descubierto gran parte de su cuello. Esa franja de piel pálida me llamaba, implorando por mis dientes, por los moratones que dejaría allí con la forma de mi hambre.
—Leah —grité, inclinándome hacia ella; mi voz era un gruñido bajo que vibraba en mi interior