*—Ezra:
Ezra se acercó a la puerta de su jefe y la tocó levemente. Esperó, pero no hubo respuesta. Respiró hondo y decidió abrir, empujando la puerta con cuidado, mientras su corazón latía un poco más rápido de lo habitual, anticipando lo inesperado.
La oficina estaba a oscuras. Ezra encendió las luces y el silencio lo envolvió al instante. Todo estaba vacío, pero allí dentro, el aire aún conservaba ese inconfundible aroma de ámbar ahumado y especias cálidas que pertenecía a Dante.
Por un momen