Marcelo hervía de indignación, con los dientes apretados en una furia contenida que parecía electrificar el aire. Cruzaba el lugar con tal rigidez que incluso el silencio a su alrededor parecía temer el fuego que emanaba de él. Lo que realmente lo torturaba no era el fin en sí mismo, sino la humillación del método: ¿cómo era posible ser descartado de esa manera, abandonado en una habitación de hotel vacía, sin el rastro de una sola explicación?
Aquella mujer no solo lo había insultado; lo había