Kiera
Cuarenta y ocho horas. Eso era lo que había pasado desde que vi a mi hijo desaparecer en la oscuridad. Había sentido esa ausencia devastadora donde su presencia debería haber estado. El mundo había dejado de tener sentido.
No podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Eli… aterrorizado, llamándome mientras yo yacía rota en una carretera demasiado lejos para ayudar. Mi cuerpo me gritaba que descansara, pero descansar se sentía como una traición. Como rendirme. Como acep