Elena se despertó a las 6:15 de la mañana, como siempre lo hacía.
La habitación le resultaba desconocida de esa manera particular en que lo son los espacios que aún no has aprendido a reconocer por instinto. Permaneció inmóvil un momento, escuchando el ático y comprendiendo sus sonidos. El leve murmullo de la ciudad cuarenta pisos más abajo. El tenue sonido del ascensor en algún lugar del edificio. El silencio absoluto de un espacio muy grande y muy costoso que, sospechaba, nunca había olido a