La dirección que Doom le envió a Max conducía a un almacén en las afueras del río, el tipo de lugar donde cualquier cosa podía suceder sin testigos.
Doom Vale ya estaba allí cuando Max llegó. Permanecía sentado en una silla plegable como si fuera un trono, escoltado por dos hombres que Max no conocía... y tampoco quería conocer.
—Max —dijo Doom, pronunciando su nombre como quien saluda a una herramienta que se alegra de haber recuperado—. Gracias por venir.
—Dejaste bastante claro que no tenía