En la habitación de los niños, con la penumbra suave de la lámpara iluminando el ambiente y el aroma acogedor de jabón infantil en el aire, terminé de arreglar la manta de dinosaurios sobre el pecho de Leo. Ya me estaba preparando para salir de puntillas cuando el pequeño me llamó con la voz mimosa de quien libraba una batalla perdida contra el sueño.
— ¿Tía Elena? — su vocecita salió ahogada contra la almohada.
— Dime, mi amor — me recosté sobre la cama, acariciando su cabello suave.
— La abue