La habitación 402 olía a lluvia, a piel tibia y a whisky costoso.
En el preciso instante en que la pesada puerta se cerró con llave tras de sí, la moderación ejecutiva de Theo se quebró por completo. No pronunció palabra. Cruzó la suite con zancadas pesadas y sus manos se estrellaron contra mi cintura, atrayéndome con tanta fuerza contra su pecho que el aire se me escapó de los pulmones. Su boca se estampó contra la mía: cálida, frenética y con sabor a pura y desquiciada hambre.
—Tiana... —gruñ