La lluvia golpeaba con puños implacables contra los altos ventanales de la galería del segundo piso.
Sasha ni se molestó en secarse el rostro ni en quitarse el abrigo de diseñador empapado. El agua chorreaba del dobladillo de su ropa, formando charcos sobre la madera pulida mientras avanzaba a marchas forzadas por el pasillo en penumbras, con el pecho agitado y la sangre ardiéndole con puro veneno sin diluir.
Su mente era un campo de batalla de imágenes horribles: Theo acorralando a la niñera c