El amanecer sobre el Capitolio se tiñó de un rosa pálido y frío justo cuando los pesados portones de hierro de la finca Rossi abrieron sus fauces con un zumbido.
Avancé a través del aire nítido de la mañana, con el abrigo de lana ciñendo firmemente mi figura y el cabello oscuro recogido en un moño desenfadado pero artístico, que dejaba al descubierto la curva pálida y esbelta de mi cuello.
Junto a la entrada lateral para el personal, un mayordomo anciano ataviado con un impecable traje negro ya