LENI
—Eres mía, Leni —Ardían gruñía con impaciencia.
—Detente —mis gemidos iban en ascenso.
Su oscuridad me envolvía como una suave manta, y en el silencio del bosque, el aire estaba impregnado de la fragancia a tierra húmeda y hojas caídas. Ardian entraba y salía de mí con barbarie, sus ojos brillando como estrellas en la penumbra, eran una dura sentencia.
—Estás tan apretada y húmeda para mí —su sonrisa me dio escalofríos—. Quiero romperte.
La brisa acariciaba mi piel mientras sus manos es