RIHANNON
Sentada en mi trono, la noche se extendía a mi alrededor como un manto oscuro y silencioso. La única luz provenía de la tenue llama de las antorchas que titilaban, proyectando sombras danzantes en las paredes de piedra. Aislada del mundo exterior, mi mente estaba consumida por un deseo desgarrador: encontrar a mi hija. La amaba con cada fibra de mi ser, un amor que desafiaba a la misma oscuridad que se cernía sobre el reino de Ardian. Mis pensamientos eran un torbellino de emociones;