Como era de esperarse, mi puerta estaba al lado de la suya. La situación era todavía más frustrante por lo intenso de su aroma; era delicioso y me hacía agua la boca. Aquello iba a ser un martirio. Nadie que fuera tan grosero debería verse ni oler como él; no era justo para el resto de nosotros, los simples mortales.
Cuando Robin me dejó pasar, casi me fui de espaldas y sentí que me faltaba el aire.
—¡Vaya! ¿Es en serio? No puede ser que esto sea para mí.
—Sí. Esto es suyo. Avíseme si quiere cambiar algo. Ya tiene una computadora de escritorio lista para usar. Lamento que todavía no tengamos su laptop; está en mi lista de pendientes para hoy. De ese lado está el baño. Tenemos siempre lista ropa casual, ropa deportiva y un traje para usted. También hay un área de comida y bebidas en esa otra pared —dijo señalando hacia un ventanal enorme. Debíamos estar del mismo lado que mi recámara, porque la vista al bosque era igual de impresionante—. Díganos qué botanas le gustan y nos encargaremos