Kennedy
Me palpitaba la cabeza. ¿Había tomado la noche anterior? No, no creía haber tomado nada desde que me había mudado. Los ojos me pesaban tanto; quería abrirlos, pero estaban pegados. Sin embargo, estaba tan cómoda que tal vez no me movería por un rato más. La oscuridad me llamaba por mi nombre. Solo unos minutos más. Respiré hondo y me hundí en la suave manta que me envolvía.
La siguiente vez que recuperé el conocimiento, sentí un cosquilleo por todas partes.
—Oye, corderito. ¿Puedes oírme