«Bienvenida, señora Miranda».
Una empleada del salón de belleza y spa saludó a aquella mujer.
Era una clienta fiel y muy respetada, que siempre gastaba mucho dinero en acudir a ese lugar. Un lugar al que solo podían acceder mujeres de clase alta, en su mayoría esposas o hijas de ejecutivos. Miranda era una de ellas.
«¿Está Melly aquí?», preguntó.
«Sí, señora, la dueña está aquí. Le diré ahora mismo que ha llegado».
«De acuerdo».
Otra empleada atendió a Miranda, llevándole el bolso y preparándol