Después del agitado día anterior, Diana por fin tuvo tiempo para escribir. Decidió publicar en su blog lo que había redactado bajo el seudónimo que había inventado.
Como todavía no tenía un teléfono móvil ni un ordenador portátil propios, utilizaba los de la oficina. Eso sí, siempre a escondidas.
Escribía mucho. No solo relatos de ficción, sino también historias sobre sus experiencias laborales, los numerosos casos que había atendido y la manera en que trataba a las personas.
Diana no esperaba