La habitación se quedó en silencio, los dos sentados con esa admisión tal como yo le había pedido que se sentara con la quemadura unos minutos antes, sin apresurarnos hacia el consuelo de la siguiente acción, sin permitir que ninguno de los dos se retirara a la estrategia para evitar sentir todo el peso de aquello.
—Gracias —dije al fin—, por no hacer que eso fuera más fácil de oír de lo que tenía que ser.
—No me pediste que lo hiciera más fácil. Me pediste que fuera honesto. —Sostuvo mi mirada