Marta los echó a ambos de la cocina poco después de las ocho, agitando el paño de cocina como un látigo en la espalda en retirada de Caden, insistiendo en que una Luna que acababa de pasar la noche defendiendo a su familia de un golpe de Estado no necesitaba estar revoloteando sobre los fogones durante la siguiente hora cuando había manos perfectamente capaces de hacerlo por ella. Caden no discutió. Hombre inteligente. Nadie discutía con Marta antes de las nueve de la mañana y vivía para contar