Llegué al consultorio de mi padre, bajé del auto abriendo la puerta del copiloto. Quité su cinturón de seguridad. La tomé en brazos y corrí con la misma euforia que me caracterizaba en las carreras de atletismo en preparatoria.
—¡Espere no puede entrar!— Reconocí la voz de Margaret la vieja secretaria de mi padre. Ignoré su pedido, no sabía que era yo, abrí con una patada la puerta sobresaltado a mi padre.
—¿Marco?
—Necesito que la ayudes— señalé a la joven en mis brazos y la dejé sobre la cami