Nigel intentó apagarlo a pisotones, pero el fuego solo se avivó más y casi alcanzó la pernera de su pantalón.
Cuando por fin las llamas se extinguieron, Nigel, pálido de rabia, recogió lo que quedaba de la libreta y la abrió. Se quedó atónito.
La mitad había desaparecido. Y la mitad que quedaba estaba completamente en blanco, sin una sola palabra escrita.
Arrojó los restos chamuscados sobre la mesa y gritó:
—¿Quién te dijo que la quemaras? ¡Al señor Todd le interesaban mucho las notas de papá!