El cuarto del bebé había estado terminado durante seis semanas para cuando Elara entró en su tercer trimestre, y se encontraba de pie en el umbral con más frecuencia de lo que requería la utilidad real de la habitación, simplemente mirándola: el verde pálido específico que Alessandro había elegido de los viejos muestrarios de tela de su madre, la cuna montada con la cuidadosa precisión de un hombre que había investigado las normas de seguridad de las cunas con más minuciosidad de lo que la mayo