El cuarto en el que la habían metido había sido una oficina alguna vez; podía notarlo por las marcas fantasma en el suelo de hormigón donde un escritorio había permanecido durante años antes de ser arrastrado, y por la única ventana, alta, estrecha y pintada por fuera, que alguna vez habría permitido a un gerente vigilar la planta del almacén abajo.
Había estado sentada en la única silla que le habían dado durante lo que calculaba eran tres horas, con las muñecas aseguradas a los reposabrazos c