SARAH
Roseline tecleó su código de acceso y me empujó dentro de su apartamento. Yo me quedé mirando al vacío, incapaz aún de sacudirme la montaña rusa de emociones que había vivido en la entrada. Si realmente me había perdonado, ¿por qué me había ignorado y me había dejado en la puerta durante más de tres horas? Estaba claro que su idea del perdón no coincidía con la mía.
—Bueno, cuéntame. ¿Cómo te enteraste de lo de esos dos? —Se sentó a mi lado, animándose, con el cuerpo vibrando de emoción p