Brooke se removió incómoda en la cama. La habitación era poco espaciosa, con muebles desgastados y una iluminación tenue que contrastaba con la realidad de su situación. No importaba cuánto intentara distraerse, el hecho seguía siendo el mismo: estaba secuestrada.
Gabriel, el hombre que la mantenía prisionera, estaba sentado en un sillón cerca de la ventana. Su semblante estaba más pálido de lo habitual, su respiración era pesada y sus manos temblaban ligeramente. La fiebre seguía consumiéndolo