13. Ellos no me encontrarón

El edificio de investigaciones estaba casi vacío.

A esa hora, el silencio no era descanso.

Era presión.

Rivas lo sentía en los hombros, en la nuca, en la forma en que sus dedos tamborileaban sin darse cuenta sobre el escritorio.

No debería estar ahí.

No a esas horas.

No con ese caso.

Pero no podía soltarlo.

No después de ver la marca en el cuerpo.

John Doe.

Si
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