—¿Qué dice? —preguntó Anjur.
No supe cuánto tiempo había pasado. Seguía de pie frente a mí, sosteniendo el respaldo de una silla como si necesitara apoyo para mantenerse erguido.
Levanté la mirada.
—Sarah, mi esposa a quien creía muerta; está viva.
Lo dije en voz alta y el mundo no se partió en dos. No hubo trueno. No hubo desmayo. Solo un silencio espeso que lo absorbió todo.
Anjur no reaccionó de inmediato. Sus ojos, agotados, me estudiaron con una mezcla de incredulidad y cautela.
—¿Recupera