La luz del sol entraba a raudales en el amplio garaje, proyectando largas sombras sobre la reluciente colección de coches deportivos. Los dedos de Cathleen se apretaron alrededor del mango de su bastón mientras avanzaba lentamente, un movimiento calculado que soportaba el peso de su recién descubierta independencia. El ansia de aire fresco y el bullicio de la ciudad más allá de estos muros la carcomían por dentro. No había saboreado el aroma de un restaurante ni el murmullo de la multitud en lo