10: Mi esposa.
Darwin.
—Pues aunque parezca mentira, sabes que después de todo no tengo la última palabra —le digo.
—¿De verdad piensas que quiero hablar de quién se ensucia más las manos que otro ahora, Darwin?
Rodeo la silla de la oficina de mi padre para tomar asiento con comodidad, con una de mis piernas sobre la otra, echando al mismo tiempo una ojeada por los papeles de registros mercantiles que me llaman la atención pero prefiero investigar más tarde.
—Quiero creer que sí, Sasha, para esto me creaste,