41

—Aún es temprano. ¿A qué se debe la llamada tan repentina para que viniera por ti?

No le respondí a Dylan. En su lugar, me concentré en abrocharme el cinturón de seguridad. Le había mandado un mensaje hace apenas diez minutos y ya estaba aquí. Una parte de mí se preguntaba si me había estado siguiendo toda la noche, merodeando cerca y esperando mi mensaje para llegar como un caballero en armadura brillante.

Quería reclamarle por eso, pero honestamente, era la menor de mis preocupaciones en este momento. La voz de Brielle seguía retumbando en mi cabeza.

—¿Por qué esa cara? ¿Pasó algo? —preguntó de nuevo.

Solté un suspiro largo y pesado y me reacomodé en el asiento. Sacudí la cabeza y me recargué hacia atrás, mirando por la ventana para evitar una conversación real.

Lo escuché soltar un bufido de frustración y no pude evitar echarle una mirada de reojo. Ya había encendido el motor y mantenía los ojos fijos en el camino.

Se me torció la boca en una media sonrisa mientras lo observaba. Parecía que se acababa de levantar de la cama: traía la misma ropa de hace rato, el cabello hecho un desastre y los ojos ligeramente pesados por el sueño. Sentí una punzada de culpa. Tal vez de verdad se acababa de despertar y salió hecho la mocha solo por mí.

—Me estás viendo...

Desvié la mirada de golpe en cuanto habló, con el corazón dándome un vuelco. Me aclaré la garganta torpemente y volví a fijar la vista en la ventana. Atrapada con las manos en la masa.

—Solo maneja. Me quiero ir a la casa —murmuré.

—Algo anda mal —dijo. No era una pregunta; me conocía demasiado bien. Lo escuché suspirar otra vez. Estaba a punto de decirle que lo dejara en paz, pero me congelé cuando sentí su mano cubrir la mía. —¿Qué pasa? Habla conmigo.

Quitó una mano del volante y la apoyó con firmeza sobre la mía. Le eché otra mirada, levantando las cejas.

Maldita sea, se veía tan sexy manejando con una sola mano. Tragué saliva con dificultad y sacudí la cabeza. —Nada. Solo estoy cansada.

—¿Alguien te molestó? Porque me regreso ahorita mismo allá adentro...

—Dylan, no —lo corté rápidamente. Solté un respiro y finalmente lo miré. Él me echó un vistazo, con la frente arrugada por el ceño fruncido.

—No me mientas, amor. Lo puedo ver en tus ojos. No estabas así cuando te fuiste. Me estás preocupando.

Sacudí la cabeza y volví a desviar la mirada. —Solo no me hagas caso. Estoy bien. Solo cansada y... un poco alegre —mentí.

Recargué la cabeza contra el cristal frío de la ventana y cerré los ojos. Esa parte no era mentira. Desde que escuché a Brielle a escondidas, no había podido parar de tomar. Perdí la cuenta de los caballitos y las botellas. No fue sino hasta que el cuarto empezó a darme vueltas que por fin le mandé mensaje a Dylan para que viniera por mí.

—Te dije que tomaras con medida. Menos mal que sí te acordaste de mandarme mensaje —me regañó suavemente.

Siseé. —¿Cómo se me iba a olvidar? Me lo recordaste como cien veces. Está medio difícil perder la cuenta cuando me estás arreando a cada rato, ¿no crees?

Dylan soltó una risita suave, lo que me hizo suspirar de nuevo. Mantuve los ojos cerrados. No quería hablar. Tenía miedo de que, en mi estado de ebriedad, se me fuera a salir algo de lo que me pudiera arrepentir.

Una palabra equivocada y todo entre nosotros podría cambiar. Yo no quería eso. Quería... esto. Solo esto.

Me estaba acomodando para dormir cuando sentí que la mano de Dylan pasaba de mi mano a mi muslo. Abrí los ojos de golpe. Ni siquiera me había dado cuenta de cuando me soltó la mano, pero el calor de su palma en mi pierna era inconfundible.

Volví a cerrar los ojos, pegándome más a la ventana. No pude evitar el pequeño gemido que se me escapó cuando me dio un apretón firme en el muslo. —Dylan —le advertí.

—Tranquila. Solo te estoy dando un masaje.

Siseé. —Sé la diferencia entre un masaje y un manoseo, Dylan.

Se rió entre dientes, pero no se detuvo. Tampoco lo empujé. Pensé, ¿por qué no? Tampoco es como si fuera a perder algo por dejarlo.

Su "masaje" continuó, y al principio se sentía bien. Pero cuando sentí que sus dedos empezaban a subir la bastilla de mi vestido, volví a abrir los ojos. Le clavé la mirada, pero él solo me devolvió una sonrisita descarada y levantó una ceja.

—¿Qué? —preguntó, haciéndose el muy inocente.

—Sé perfectamente lo que estás haciendo.

No dijo una sola palabra. En su lugar, deslizó la mano por completo debajo de mi vestido. Se me erizó la piel cuando su palma tocó la seda de mi calzón. —¡Estás manejando! ¡Nos vamos a estampar! —siseé, bajando la mano para mover la suya. Pero antes de que pudiera hacerlo, trazó un dedo justo sobre mi centro, provocándome a través de la tela.

Se me cerraron los ojos y un gemido bajo se me escapó de la garganta. Lo escuché reírse entre dientes.

—No nos vamos a estampar, confía en mí. Solo recárgate y disfruta el viaje —comentó.

Solté un gemido. —Maldito. ¿Cómo quieres que me relaje con tu mano adentro de mis calzones?

Volvió a reírse, y antes de que pudiera responderle con una grosería, movió los dedos otra vez, haciéndome jadear. Todavía estaba completamente vestida, pero ya podía sentir cómo me empezaba a deshacer bajo su toque.

Maldita sea. Era tan débil ante él.

—Te gusta, ¿verdad?

—Cállate y mira la calle.

Se quedó en silencio, enfocando su atención en provocarme a través del encaje. Trazó sensualmente las líneas de mi cuerpo antes de que sus dedos se engancharan en la resorte.

—Quítatelos.

—Espérate a que lleguemos a la casa...

—No —me interrumpió, sin despegar los ojos del camino. Se veía tan tranquilo, tan concentrado, como si no me estuviera desarmando en este preciso momento con una sola mano. Vi cómo se le dibujaba una sonrisa burlona. —Andabas buscando emociones fuertes hace rato, ¿no? Vamos a darte una. La casa ya se está volviendo demasiado predecible.

Jadeé, mirándolo totalmente en shock. —¿Me estás diciendo que quieres hacer esto... mientras manejas? ¡¿Estás demente?!

Dylan soltó una risita, con los dedos todavía bailando sobre mí. —Solo voy a consentirte. Eventualmente me voy a detener.

Entrecerré los ojos hacia él cuando me echó una mirada rápida, pero él solo me guiñó un ojo. —Vamos. Te prometo que no te vas a arrepentir —añadió.

Solté un respiro largo y levanté la cadera en señal de rendición. Le quité la mano de un manotazo para que pudiera sacarla de mi vestido y luego hice exactamente lo que me pidió, deslizándome los calzones hacia abajo hasta sacármelos.

—Dámelos.

Lo miré confundida. —¿Qué?

No respondió, solo estiró la mano y me los quitó. El corazón me martillaba contra las costillas mientras los examinaba. Una sonrisa juguetona y oscura cruzó su rostro. —Ya estás bien empapada, amor. ¿Emocionada?

Me mordí el labio inferior, con una mezcla de nervios y pura adrenalina inundándome el cuerpo. Se los arrebaté de un jalón y los dejé caer al suelo. —Un comentario más de esos y me los vuelvo a poner —amenacé. Él solo sacudió la cabeza.

—No lo vas a hacer.

Levanté una ceja. —¿Ah, sí? ¿Acaso no aceptas un no por respuesta?

—Nah. —Su sonrisa se hizo aún más grande—. Porque sé que no me vas a decir que no.

Me quedé boquiabierta. La pura arrogancia de este hombre. ¿Qué se traía entre manos?

—Ahora, vas a hacer exactamente lo que te diga...

—¿Y si no quiero?

—Kaia —advirtió, y no pude evitar soltar una risita. Le encantaba colmarme la paciencia, pero odiaba que yo le pagara con la misma moneda.

Suspiré. —Está bien. ¿Qué tengo que hacer para terminar con esto? A este paso nunca vamos a llegar a la casa.

—Sube los pies al asiento.

Fruncí el ceño mirándolo, pero sus ojos seguían fijos en la calle. Sacudí la cabeza y le hice caso, subiendo las piernas hasta plantar los pies sobre la piel, dejándome completamente expuesta al aire fresco del coche.

—Más arriba —ordenó.

El cinturón de seguridad me lo complicaba, pero me acomodé hasta tener las rodillas pegadas al pecho y las piernas bien abiertas.

—Ahora, dame una vista clara.

Se sentía escandaloso, pero acomodé mi cuerpo hacia él. Tragué saliva con dificultad cuando me echó una mirada. Cada vez que pasábamos debajo de una luminaria, sabía que podía verlo absolutamente todo.

Vi cómo su sonrisa se ampliaba. Sentí una punzada de anticipación en lo más profundo de mi ser. Cualquier duda que tuviera se evaporó, reemplazada por la pura emoción de lo que iba a hacer a continuación.

Me mordí el labio cuando Dylan se meó el dedo antes de estirar la mano para tocarme. Di un brinco por el contacto repentino. Solo estaba trazando los bordes, pero el placer ya era eléctrico. Se sentía tan diferente... ¿tal vez por el lugar en el que estábamos?

—D-Dylan...

No pude contener el gemido cuando finalmente me metió un dedo. Era tan minucioso, tan deliberado, que me hizo doblar los dedos de los pies. Antes de que pudiera recuperar el aliento, metió un segundo dedo.

—M-Maldita sea... ohh... —Arqueé la espalda, golpeando la cabeza contra el reposacabezas—. Más fuerte, por favor. Más.

Lo escuché reírse entre dientes. —Lo haré, amor. Solo ten paciencia.

—¡Pero es que no estás—! ¡Carajo! —me quedé a medias cuando me enterró los dedos hasta el fondo. Empezó un ritmo constante, trabajando mi centro con el pulgar con una precisión experta.

—¡Dylan! Sí, justo ahí... ¡a-ahhh! —Grité su nombre cuando acomodó la mano y le dio al punto perfecto. Moví la cadera, respondiendo a cada embestida. Mi mente era una laguna de pura sensación.

Abrí los ojos y lo vi: seguía concentrado en el camino, manejando como todo un profesional mientras su mano hacía magia entre mis piernas. Verlo tan sereno mientras yo me deshacía a pedazos me puso todavía más caliente. Carajo.

Perdí la noción del tiempo, me olvidé del mundo afuera de la ventana del coche. Solo dejé que hiciera lo que quisiera conmigo hasta que finalmente llegué al límite y me desbaraté por completo.

Gimí, sin aire. —D-Maldita sea. Vas a tener que mandar a lavar las vestiduras...

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