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Capítulo 5 Lo que todavía me afecta

YENEFER

Me miré en el espejo. Llevaba un vestido largo de noche blanco, un par de tacones Prada y unos aretes de perlas. Recogí mi cabello en un moño limpio y elegante.

Aun así, sentía que faltaba algo.

Entonces me puse mi gargantilla negra con la pequeña turquesa y sonreí. Mi padre se la regaló a mi madre, y ella me la dio a mí.

—¿Ya terminaste? Vamos, Yenefer, déjame verte. ¿No puedes levantar el teléfono para que te vea?

Tiana y yo estábamos en videollamada mientras me preparaba. No había dejado de quejarse en todo el proceso.

—Solo tengo dos manos, Tiana. Cálmate. Ya casi termino.

Finalmente, me puse mi labial rosa favorito e hice un pequeño puchero frente al espejo para comprobar el color.

—Gira. Déjame verte bien.

Me observé una vez más, aún con una ligera inquietud. Tomé el teléfono y enfoqué la cámara hacia mí. Tiana se quedó completamente quieta, con la boca cubierta.

La imagen se congeló.

—Tiana, ¿sigues ahí?

—¡Dios mío! ¡Te ves absolutamente impresionante! ¡Franco se va a quedar sin palabras cuando te vea esta noche! De hecho, ¡todos los hombres de la fiesta lo harán!

—Señora River, si no salimos ahora, tendremos que tomar el helicóptero —gritó Burton desde la entrada.

—Gracias por el cumplido exagerado de siempre, Tiana. Tengo que irme, ya voy tarde.

Colgué, levanté ligeramente mi vestido y bajé las escaleras con cuidado.

—Se ve hermosa, señora River. Será la sensación de la noche —dijo Burton mientras me abría la puerta.

—Gracias, Burton. Vamos.

No me gustaban demasiado los eventos formales, pero esta vez tenía expectativas.

—¿Llegaremos a tiempo?

—Por supuesto, señora River. Confíe en mí.

Pisó el acelerador y se dirigió al Hotel Ritz-Carlton.

En poco tiempo, ya estaba en la entrada. Bajé del auto y el aire frío de la tarde rozó mi piel. Esperaba que dentro fuera más cálido.

Al entrar al salón, varias miradas se dirigieron hacia mí. La atención me puso tensa por un momento. ¿Me habría excedido con el vestido?

—¡Yen! Por fin llegaste.

Solté un suspiro de alivio al ver a Christine acercarse.

—Hola, abuela. Lo siento por llegar tarde.

—Nuestra princesita ya está aquí.

Alice y Lawrence se unieron enseguida.

—Papá, mamá… me alegra tanto verlos. Perdón por el retraso.

—No te preocupes, querida. Lo mejor siempre llega al final —dijo Alice con una sonrisa.

Sentí varias miradas sobre mí. Entre ellas, reconocí a Spencer, que me saludó desde la distancia.

Pero entonces…

Lo vi.

Franco.

Sus ojos oscuros estaban fijos en mí. Su expresión era la de siempre… pero había algo más. Algo que no supe interpretar.

—¿Quién es ella?

—Creo que es la chica que adoptaron. Es hermosa.

—Incluso más que Sophia.

Los susurros comenzaron a circular.

—Miren nada más, nuestra pequeña Yenefer se ha convertido en toda una mujer —dijo Spencer al acercarse.

David venía con él.

—Cuánto tiempo —dije, extendiendo la mano. Ambos la besaron.

Cuando Spencer me abrazó, vi a Franco nuevamente. Seguía observándome. Esta vez… con un destello de ira.

—Damas y caballeros, antes de celebrar el 60 aniversario del Grupo River, demos la bienvenida a nuestro CEO, el señor Franco River.

Franco subió al escenario. Su expresión cambió por completo. Su voz era cálida, segura… diferente.

Y, de vez en cuando, me miraba.

Yo también.

Después del discurso, los reporteros comenzaron con preguntas.

—Señor River, ¿es cierto su compromiso con Sophia Lively?

—¿Estaba con ella cuando se probaba vestidos de novia?

No me sorprendieron.

El Grupo River siempre estaba bajo escrutinio, y Sophia alimentaba rumores.

Miré a Christine, Alice y Lawrence. Claramente no estaban contentos.

—Mi vida personal no es lo importante esta noche —respondió Franco con calma—. Disfruten la velada.

La música volvió.

La pista de baile se llenó.

—Yen, ¿me concedes este baile?

Spencer me ofreció la mano.

Sonreí. A pesar de su pasado mujeriego, supo actuar como un caballero.

—¿Por qué no?

Me llevó a la pista.

Colocó su mano en mi cintura. Yo apoyé la mía en su hombro.

—Abrázame más fuerte —le susurré—. ¿Tienes miedo de Franco?

Sonrió y me atrajo un poco más hacia él, acortando la distancia entre nuestros cuerpos mientras comenzábamos a movernos al ritmo de la música. Bailamos con naturalidad, pero, a medida que pasaban los segundos, una sensación incómoda empezó a instalarse en mi pecho, como si una mirada persistente se clavara en mí desde algún punto del salón. Aun así, decidí ignorarla, convenciéndome de que no era más que mi imaginación. 

—Quita la mano.

La voz me congeló.

Franco.

Había apartado la mano de Spencer.

—¿Qué te pasa? Solo estoy bailando —respondí con brusquedad.

Se quedó en silencio.

Luego… se fue.

Como si nada.

Tomé una copa de champán y la bebí de un trago.

—Siempre arruina todo —murmuré.

—No te preocupes —dijo Spencer—. Pronto vendrán días mejores.

¿Después del divorcio? No lo sabía. 

Solo tenía claro que necesitaba aire, así que salí al balcón mientras me quitaba la gargantilla. El aire frío de la noche golpeó mi rostro y me ayudó a calmarme un poco. Los Ángeles no era París, pero seguía siendo mi hogar… aunque, en ese momento, la soledad pesaba más de lo que quería admitir. Extrañaba a Tiana. Una brisa recorrió mi piel, erizándola, y entonces, sin previo aviso, sentí una chaqueta posarse sobre mis hombros. Reconocí el aroma de inmediato. Franco.

—Hace frío.

A veces me confundía. Podía ser frío… y luego esto.

—¿Y tú?

—Estoy bien.

Mi teléfono vibró.

Tiana: ya tengo un lugar para tí.

—Me mudaré pronto.

—¿Por qué?

—Porque las parejas divorciadas no viven juntas.

—Aún no firmamos.

—Estará cerca de mi trabajo.

—¿Trabajo? Podría ayudarte.

Sonreí con amargura.

—No. Ya hablé con recursos humanos.

—Yenefer…

—¿Por qué debería escucharte?

Intenté quitarme la chaqueta. Me detuvo.

—¿Quieres enfermarte para que yo tenga que cuidar de ti?

Rodé los ojos y me la volví a poner.

Me dio una tarjeta.

—Toma.

—¿Cuándo firmamos el divorcio?

—¿Por qué tanta prisa? ¿Es por ese artista? ¿Pierre?

No respondí.

Lo miré unos segundos.

Y me fui.

Si creyó que era por eso…

Entonces nunca me entendió nada el muy idiota.

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