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La Esposa Secreta Del CEO
La Esposa Secreta Del CEO
Por: Vale Mirez
Capítulo 1 El regreso que lo terminó todo 

Miré la hora de nuevo y suspiré.

Había pasado una hora y media desde que aterrizé, y había perdido la cuenta de las veces que miré mi reloj. Mi esposo, Franco River, no estaba por ningún lado. Se suponía que me recogería en el aeropuerto, pero debía estar con su novia en este momento. Negué con la cabeza y sonreí con amargura ante la idea. Me puse de pie y arrastré mi equipaje fuera del aeropuerto.

Me casé con Franco hace tres años, pero poco después de nuestra boda recibí buenas noticias de la universidad de mis sueños en el extranjero. Me aceptaron en uno de sus programas, así que me fui a estudiar allí. Franco y yo no nos habíamos visto en todo ese tiempo. Mientras yo estaba fuera, él pasaba su tiempo con la mujer que realmente amaba.

Ahora, finalmente terminé mis estudios y regresé a casa. Quería poner fin a nuestro matrimonio de manera legal. Decidí que era hora de dejar de esperar cosas que nunca sucederían.

De camino a casa en un taxi, le envié un mensaje a Franco:

"Tenemos que hablar".

Poco después, estaba de pie dentro de nuestra casa vacía. Dejé mi equipaje a un lado y me dirigí a la sala. Me senté en el sofá y esperé. La casa se veía y olía como si nadie hubiera vivido en ella durante años. La foto de nuestra boda seguía colgada en la pared. Me dolió y me entristeció al mismo tiempo.

Miré mi teléfono. Franco aún no había respondido. Supuse que no estaría en casa esa noche.

Aun así, me quedé sentada durante mucho tiempo, perdida en mis pensamientos. Entonces, escuché un auto detenerse afuera. Me levanté de inmediato, sintiendo cómo mi corazón se aceleraba. ¿Todavía esperaba algo de mi esposo de corazón de piedra? Quizás. Tal vez no. Pero, en el último momento, apreté los dientes y junté mis manos temblorosas.

"Estoy aquí para terminar con esto", me recordé.

El picaporte giró y la puerta se abrió. Franco encendió las luces, proyectando su alta sombra a lo largo del pasillo. Entró. Vestía un traje negro carbón y una camisa blanca impecable. Su expresión mostraba cansancio, pero no lograba opacar sus rasgos marcados y sus pómulos prominentes. Todo seguía igual. Aún irradiaba esa aura fría que podía sentirse a metros de distancia.

A medida que se acercaba, mi corazón latía más rápido y mi respiración se volvía irregular. No podía creer que hubiera olvidado lo guapo que era. Parecía un dios fuera del alcance de los mortales. Tenía un encanto que hacía que cualquiera se rindiera.

El tiempo lo había vuelto más maduro y atractivo. Aparté la mirada cuando sentí mis mejillas arder.

Caminó hasta el sofá y se sentó. Yo tomé el asiento frente a él.

Luego, me miró fijamente con sus ojos fríos y penetrantes. Mi primer impulso fue bajar la mirada, pero me obligué a levantar la barbilla. Vi mi reflejo en sus ojos oscuros.

—Estás de vuelta —dijo en su tono monótono habitual.

—Eso parece —respondí, manteniendo mi voz tan indiferente como la suya.

—Mi abogado acaba de enviarte un correo electrónico —dijo mientras se aflojaba la corbata.

—Está bien, déjame revisar.

Tragué saliva y mantuve mi expresión neutral. Saqué mi teléfono y abrí el correo. El asunto saltó ante mis ojos: "Acuerdo de divorcio". Aunque lo esperaba, sentí como si me clavaran un cuchillo en el pecho. El dolor fue rápido y contundente.

—Está bien. Lo firmaré —dije, guardando el teléfono.

—¿No quieres leerlo primero?

—No es necesario. Estoy segura de que el señor River tratará bien a su exesposa —forcé una sonrisa.

—Te quedarás con esta casa en Gardner Street y el departamento del centro…

—¿Cuándo? —lo interrumpí.

—¿Qué?

—¿Cuándo vamos a firmar los papeles?

—Haré una cita con mi abogado —respondió, bajando ligeramente la cabeza.

—Muy bien. Esperaré tu llamada.

Después de un momento de silencio, volvió a mirarme.

—Rita no goza de buena salud. Solo quiero cumplir su último deseo.

Apreté el puño mientras tragaba el nudo en mi garganta. ¿Cumplir su último deseo? Qué gran hombre. ¿Pero tenía que hacerlo a mis expensas?

—Entiendo —asentí.

—Si necesitas algo más, haré que mi abogado lo incluya en el acuerdo.

—No. Lo que hay es suficiente.

—Ven a ver a Rita mañana.

Franco se puso de pie y caminó frente a mí. No me estaba pidiendo que fuera; me estaba ordenando.

—¿Y por qué haría eso? —pregunté con seriedad.

—No quiero que se sienta culpable por nuestro divorcio. Dile que estás enamorada de otra persona. Asegúrale que esto no tiene nada que ver con ella.

Se detuvo frente a mí y me miró fijamente.

Quería negarme, pero siempre me había resultado difícil decirle que no.

—Está bien —respondí.

—Gracias. Te recogeré mañana.

—No te molestes. Envíame la dirección y llegaré sola.

Me miró por última vez y se alejó.

Observé su figura mientras las lágrimas llenaban mis ojos.

Habíamos mantenido nuestro matrimonio en secreto durante tres años. Nadie lo sabía, excepto nuestras familias y amigos cercanos. Hace unos meses, los medios anunciaron su compromiso con Sophia. Las fotos de ella probándose vestidos de novia se hicieron virales.

Qué pareja perfecta.

Pasé noches enteras mirando esas fotos. Siempre terminaba mirando a Franco. En ese entonces, pensé que aún había esperanza. Creía que, mientras siguiera casada con él, existía la posibilidad de que llegara a amarme.

Pero estaba equivocada.

Pasé tres años esperándolo. Hice todo lo posible por demostrarle mi amor, pero no recibí nada a cambio. Un día, simplemente entendí la verdad.

Ese día, la Yenefer necesitada murió, y en su lugar nació una nueva versión de mí, protegida por una armadura que nadie podría atravesar.

Subí a mi habitación, deshice mi equipaje, me duché y me puse un camisón. Todo estaba intacto, como si nadie hubiera entrado en años. Era evidente que Franco no había dormido allí.

Probablemente vivía con Sophia.

El pensamiento me estremeció.

Salí al balcón para tomar aire. Para mi sorpresa, su auto seguía en la entrada. ¿Por qué seguía allí?

Mi teléfono sonó. Era Tiana.

—¡Hola!

—¡Perra! ¡Bienvenida de nuevo!

—Gracias.

—Siento no haberte recogido. Estoy en un viaje de negocios.

—No te preocupes.

—¿Te quedas definitivamente?

—Creo que sí.

—¡Perfecto! Ven a trabajar conmigo en la estación de radio.

—Está bien.

—¿Hablaste con Franco?

—Sí.

—¿Te habló de su novia?

—Sí.

—¡Qué descarado!

—Está bien. Me pidió que vea a Sophia mañana.

—¿Qué? ¿Aceptaste?

—Sí.

—¿Estás loca?

—Solo quiero cerrar este capítulo.

—Aún lo amas, ¿verdad?

No respondí.

—¡Yenefer!

—Estoy cansada. Hablamos mañana.

Colgué.

El auto de Franco seguía allí.

Pero ya no importaba.

El cansancio me venció. Me acosté y miré el techo hasta que alguien llamó a la puerta.

Me levanté y abrí.

Franco estaba ahí.

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