25. Di que eres mía
Esmeralda estaba segura de algo: ya era muy tarde en la mañana cuando despertó. Se estiró un poco antes de abrir los ojos, dándose cuenta de que estaba desnuda y sola en la cama. Vió la hora en su teléfono, eran ya las once. Le dió curiosidad encontrar el lado de su cama vacío, cuando solo hacia unas pocas horas habían yacido juntos, saciando la necesidad de su deseo.
«¿A dónde habrá ido?», se preguntó un tanto adormecida. Se acomodó en la cama y recordó la noche anterior. Casi podría decir que