Silvio solo había visto a los dos ancianos una vez, cuando conoció a Elena por primera vez.
No podía entender por qué, a pesar de extrañar tanto a su nieta, no la dejaban regresar.
Elena tomó la mano huesuda de su abuela, con los ojos ya enrojecidos: —Abuela, has adelgazado mucho.
—Estoy bien, ¿y tú? ¿Estás bien? — La abuela le dio una suave palmadita en la mano, sonriendo con gran satisfacción.
—Elena, hablemos afuera, tu abuela acaba de regresar de dar un paseo y está un poco cansada, déjala d