Rogerio tocó la puerta suavemente y dijo: —jefe, Paula está aquí.
—Adelante.
Luego entró Paula, cuyos ojos estaban enrojecidos. Paula mantenía la mirada baja, como si acabara de pasar por una terrible tragedia.
—Silvio, ¿me llamaste para cuestionarme? Piensas que estoy mintiendo, ¿verdad? — La voz de Paula sonaba herida, y sus ojos, hinchados de tanto llorar, comenzaban a llenarse por completo de lágrimas nuevamente.
Silvio la miró de reojo, con una pizca de frustración total en sus ojos. —A ver