El mundo desapareció bajo mis pies.
La yegua blanca piafaba con impaciencia mientras los mozos intentaban sujetarla. Era una criatura tan extraordinaria que parecía haber escapado de alguna leyenda.
Su pelaje relucía bajo el sol con un brillo casi irreal, como si cada hebra hubiese sido tejida con hilos de plata y nieve. La luz se reflejaba sobre su cuerpo en destellos suaves que la hacían parecer más cercana a un espíritu del bosque que a un animal de carne y hueso.
Era alta, elegante e imponente. Sus músculos se deslizaban bajo