Las palabras dejaron a la joven médica sin voz, que a Ezekiel le preocupó y se acercó de inmediato. Lo menos que quería era darle un colapso a su esposa.
— ¿Embarazada? ¿Estoy embarazada? — preguntó por décima vez —. ¡Dios! Ni siquiera estaba consciente de ello, y arriesgándolo.
El hombre sonrió y la abrazó, para darle consuelo. Comprendía ese sentimiento e imaginaba que para ella era más fuerte, al cargar con su retoño. También pasó miles de cosas por su cabeza; se hizo una película de los pel