Su coche nos lleva a un edificio anodino, donde tomamos el ascensor hasta el último piso. De cerca, puedo oler los aceites de masaje que tiene, algo más amaderado que mi propia lavanda. Mi pulso se acelera. El ascensor es oscuro y privado, y es imposible no pensar en el poco espacio que tendríamos que cruzar para tocarnos.
Besarnos…
¿Qué tiene la boca de este hombre? Me pregunto, haciendo lo mejor que puedo para no mirar. Nunca he notado los labios de otro hombre, pero de alguna manera, no pued