Capítulo 3 —La Noche que No Se Va

Capítulo 3 —La Noche que No Se Va

Narrador:

Ella obedeció sin preguntas, como si su cuerpo reconociera la necesidad antes que la razón. Bebió hasta que la rigidez cedió y la respiración se estabilizó. Sus párpados se abrieron con mayor claridad.

—Así que era cierto… —susurró.

—¿Qué cosa?

—Que no es humano —dijo ella—. Y que el que me llevó… tampoco.

Caín no esquivó la verdad.

—Soy un vampiro. Dilan es un Lobo Alfa. Ambos existimos desde antes de que este lugar tuviera nombre.

Aurora lo observó en silencio. No hubo horror en su mirada.

Alzó la mano y recorrió su rostro con suavidad.

—Debe ser agotador —murmuró—. Vivir tanto tiempo solo.

La frase lo desarmó.

—¿No te asusta? —preguntó, midiendo cada palabra.

—Debería —respondió ella—. Pero no lo hace.

Hizo una pausa breve.

—Gracias por venir a buscarme.

—Lamento no haber llegado antes —dijo Caín—. Lamento que te hayan tocado.

—Pero lo arreglará —afirmó ella, sin pregunta—. De algún modo.

Caín no respondió de inmediato.

—Descansa —dijo al fin—. Hablaremos mañana.

Se puso de pie, pero Aurora cerró los dedos alrededor de su muñeca.

—No se vaya.

Caín volvió a recostarse junto a ella. Aurora apoyó la cabeza contra su pecho y él la rodeó con el brazo, inmóvil, protector.

Y aunque su cuerpo permanecía helado como siempre, algo antiguo, olvidado, volvió a agitarse en su interior.

Desde que Dilan había desafiado a Caín secuestrando e hiriendo a Aurora, el invierno dejó de ser una estación para convertirse en una condena.

El frío no llegó de golpe; se infiltró. Primero fue una nevada fuera de temporada, luego un cielo permanentemente cubierto, y finalmente una oscuridad tan persistente que el pueblo comenzó a olvidar cómo se sentía la luz del sol sobre la piel. Las horas se volvieron indistintas. Amanecer y anochecer parecían lo mismo: un gris opresivo que lo cubría todo.

Era como si el mundo mismo respondiera al sufrimiento de la joven.

Cuanto más se debilitaba Aurora, más se endurecía el clima. Como si su vida sostuviera un equilibrio invisible y, al resquebrajarse, arrastrara consigo a la naturaleza entera.

Caín no se separaba de su lado. No por obligación. Por imposibilidad.

Aurora dormía de manera intermitente, y cuando lo hacía, el descanso era cruel. Las pesadillas la arrancaban del sueño con gritos ahogados, el cuerpo empapado en sudor, la respiración desordenada. Caín reaccionaba de inmediato. La sostenía, le hablaba en voz baja, le pasaba un paño frío por la frente y el cuello, intentando bajar una fiebre que parecía burlarse de todos sus esfuerzos.

El contraste era brutal: su cuerpo helado contra la piel ardiente de ella.

Y, sin embargo, para Aurora, ese frío era alivio.

Se aferraba a él como a un refugio primitivo, instintivo, como si algo en su interior supiera que solo allí estaba a salvo.

—La fiebre sigue alta —dijo Caín una noche, con la voz tensa, medida—. Esta vez necesitarás más.

Aurora abrió los ojos con esfuerzo. Su mirada estaba velada, cansada, sin el brillo que alguna vez la había definido. No discutió. No preguntó. Solo asintió lentamente.

Caín mordió su muñeca.

El gesto ya no le producía repulsión ni culpa inmediata, solo urgencia. La sangre brotó espesa y oscura. Aurora lo sujetó con ambas manos y bebió con avidez, como si su cuerpo la reconociera como la única sustancia capaz de mantenerla unida a este mundo.

No era dulzura. Era necesidad.

—Eso es —murmuró él, conteniendo la emoción—. Déjala entrar.

Aurora bebió hasta que el temblor de sus manos disminuyó y el color regresó levemente a sus mejillas.

—¿Y después? —preguntó, casi sin voz—. ¿Qué va a pasar conmigo?

Caín tardó en responder.

—Mientras mi sangre funcione, estarás aquí —dijo finalmente—. Cuando deje de hacerlo… hablaremos.

Aurora apoyó la cabeza en su pecho.

—Usted me calma —susurró—. Me hace bien.

Caín cerró los ojos.

El remordimiento lo atravesó con violencia. Sabía que nada de esto habría ocurrido si no la hubiera llevado a su casa, si la hubiera protegido, si no se hubiera permitido encariñarse. Aurora estaba pagando el precio de su existencia, y esa certeza lo consumía.

El veneno avanzaba sin piedad. Su sangre solo lograba retrasar lo inevitable. Aun así, Caín se aferraba a una esperanza obstinada, casi infantil.

Esa noche, el cansancio lo venció.

Se despertó sobresaltado, con una sensación de peligro. Había bajado la guardia. Imperdonable, incluso con la casa custodiada por vampiros armados hasta los colmillos.

La puerta se abrió con cuidado.

—Caín —susurró Gabriel—. Ernestina ha llegado. Quiere ver a la joven.

Caín salió del dormitorio con extremo sigilo.

—Está peor —dijo sin rodeos—. Creí que respondería mejor a mi sangre. No logro estabilizarla.

Ernestina frunció el ceño.

—Subestimé a Dilan —admitió—. Ese veneno no es común. Estoy casi segura de que fue potenciado por una bruja.

—Eso viola los pactos —respondió Caín, con furia contenida—. Las brujas no intervienen en disputas ajenas.

—No cuando respetan las reglas —replicó Ernestina—. Pero basta una bruja poderosa… y una motivación suficiente.

—Entonces esto fue planeado desde el inicio.

—Desde antes del secuestro —intervino Gabriel—. Si hubiera querido matarla, lo habría hecho de inmediato. Esto fue un mensaje. Y uno muy claro.

Caín comenzó a caminar de un lado a otro. Sus ojos se tornaron rojos, los colmillos descendieron. Rascó su cabeza con desesperación, luchando por no perder el control.

—Caín —advirtió Ernestina—. Detente.

—Perdóname —dijo él, obligándose a respirar—. Nunca te haría daño.

—Lo sé —respondió ella, tocándole el rostro—. Pero temo que te destruyas.

Caín besó su mano con un gesto antiguo, cargado de respeto.

—Mi destino no importa —dijo—. El de Aurora sí.

—Ya fue herida —respondió Ernestina—. Eso no puede revertirse.

Caín se dejó caer en una silla. Las lágrimas brotaron sin resistencia.

—¿Lloras? —preguntó Gabriel, sorprendido.

—Sí —respondió Caín—. No lo hago a menudo. Pero cuando ocurre, es porque algo se está rompiendo.

—No te veía así desde que mataron a tu esposa…

—También lloré por la muerte de mi amigo Alex —añadió Caín—. Solo que entonces no podía permitirme sentir.

—Te hace parecer más humano.

Caín se puso de pie de golpe.

—Humano dejé de ser hace siglos —rugió—. Soy un vampiro con emociones que jamás debí conservar.

Tomó a Gabriel del cuello y lo empujó contra la pared.

La puerta se abrió.

—¿Por qué gritan? —dijo Aurora, débil.

Caín soltó a Gabriel de inmediato.

—¿Qué haces fuera de la cama? —dijo, alarmado—. No debes levantarte sola.

Las piernas de Aurora cedieron y Caín la sostuvo antes de que cayera.

—Usted me va a salvar —dijo ella, con una sonrisa frágil.

—No te prometo eso —respondió él, con dolor—. Pero no te abandonaré.

Cuando Ernestina quedó a solas con Aurora, retiró el vendaje con sumo cuidado. La herida estaba peor. El color morado se había vuelto casi negro. Un olor fétido impregnaba la habitación. Vetas oscuras se extendían por el brazo como raíces de muerte.

Aurora apretó los dientes.

—Estoy muriendo.

No fue una pregunta.

—Sí —respondió Ernestina.

—Caín lo sabe.

—Desde el primer momento.

—Entonces dígame lo que él no se atreve.

—El veneno te está matando. La sangre de Caín solo compra tiempo.

Aurora rompió en llanto, silencioso, agotado.

—¿Hay otra salida?

Ernestina la miró con gravedad.

—Existe una. Pero no es humana.

—Dígala.

—Convertirte.

—No quiero esa vida.

—Antes de decidir, debes comprender algo —dijo la bruja—. Existe una profecía. Habla de una Aurora que sellará un nuevo pacto entre los Clanes.

Aurora negó con la cabeza.

—Suena a delirio.

Ernestina la condujo al balcón.

—¿Qué hora crees que es?

—Noche.

—Son las tres de la tarde.

Aurora sintió un vacío en el estómago.

—A medida que tu vida se apaga, el mundo oscurece —explicó Ernestina—. Si mueres, la noche no se retirará.

Aurora cerró los ojos, agotada.

—Si esto es una pesadilla, quiero despertar.

—No lo es —respondió la bruja, acariciándole la mejilla—. Esta es la realidad.

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