Capítulo 2 —Sentenciada

Capítulo 2 —Sentenciada

Narrador:

Aurora jamás había sospechado que Caín fuera un vampiro.

Nunca. Ni siquiera en los momentos en que algo en él le resultaba inquietante, distinto, imposible de definir con palabras.

Cuando era niña, su abuela solía sentarla junto al fuego y contarle historias antiguas. No las relataba como cuentos, sino como advertencias.

—Hay criaturas que caminan entre nosotros —le decía—. Algunas se alimentan de sangre y no envejecen jamás. Vampiros, se llaman. Seres elegantes, silenciosos, depredadores pacientes.

Aurora escuchaba fascinada, convencida de que todo era imaginación.

—¿Y los hombres lobos? —preguntaba a veces.

La abuela avivaba el fuego y bajaba la voz.

—Ellos no se esconden del sol —respondía—. Viven en manadas, obedecen a la luna y defienden lo suyo con ferocidad. Si cruzas su camino, no habrá segundas oportunidades.

Aurora siempre creyó que eran solo historias para asustar a los niños. Nunca pensó que algún día recordarlas le helaría la sangre.

Jamás imaginó que alguno de esos relatos pudiera ser real.

Mucho menos que el protagonista de su vida adulta, el hombre que la había acogido bajo su techo, que la protegía, que la había hecho su secretaria personal, que la miraba con una mezcla de ternura y gravedad, perteneciera a ese mundo oscuro.

No quería creer lo que le estaban diciendo.

En realidad, no podía.

Sin embargo, los recuerdos comenzaron a abrirse paso con crueldad. Recordó la forma en que Caín observaba su cuello en silencio, con una atención demasiado intensa. Recordó aquella vez en que su mirada la había puesto tan nerviosa que, sin darse cuenta, se cubrió la garganta con la mano, como si estuviera protegiéndose de algo que no comprendía. En ese instante, la imagen de su abuela contando historias volvió con una claridad aterradora.

El miedo la atravesó como un cuchillo.

Estaba aterrada. No entendía por qué la habían llevado a la fuerza a ese lugar, ni qué pretendían hacer con ella. Solo sabía que el pánico le cerraba el pecho, que le costaba respirar y que el frío del suelo mojado, bajo su cuerpo inmovilizado, le subía por la piel entumeciéndola lentamente.

El cuerpo le temblaba sin control. Estaba a punto de perder el conocimiento otra vez cuando el ambiente cambió de forma abrupta.

Un griterío estalló a su alrededor.

A través de la tela de la capucha percibió movimiento, sombras agitadas, pasos apresurados. Voces alzadas. Órdenes gritadas. A trasluz, pudo distinguir figuras corriendo en direcciones opuestas, como si una amenaza invisible hubiera irrumpido de pronto en el lugar.

El caos era total.

Entonces Dilan se acercó a ella.

Se inclinó lo suficiente para que su voz llegara clara, cruel, íntima.

—Ya viene por ti, preciosa —murmuró—. Trajo a todo su ejército.

Aurora se estremeció.

—Son demasiados —continuó—. No podremos con ellos. Así que te dejaré aquí para que te rescaten…

Hizo una pausa y sonrió.

—Pero te llevarás un hermoso recuerdo mío. Uno que Caín adorará.

Antes de que pudiera reaccionar, Dilan pasó una de sus garras por el brazo de Aurora.

El dolor fue inmediato y profundo. La piel se abrió con una facilidad antinatural y la sangre brotó caliente. Un ardor intenso recorrió su cuerpo y la sensación de mareo la golpeó con violencia.

El mundo comenzó a girar.

Aurora estuvo a punto de desmayarse.

Entonces escuchó su voz.

—Aurora… por fin te encontré.

Era Caín.

Su tono estaba cargado de alivio, de urgencia. Esa sola voz bastó para arrancarla del borde de la inconsciencia. Sintió cómo le retiraba la capucha con cuidado, como si temiera hacerle daño. Luego quitó la cinta de sus labios y las ataduras que la inmovilizaban. Le apartó el cabello húmedo de la frente con un gesto suave, casi reverente.

—Caín… —susurró ella.

Y se desplomó.

Cuando volvió en sí, estaba siendo llevada en brazos.

Caín la cargaba con firmeza, sosteniéndola contra su cuerpo como si fuera lo más valioso que existía. Aurora levantó la vista y lo miró. El rostro severo que él solía mostrar había desaparecido. En su lugar había una expresión de preocupación profunda, casi desesperada.

Apoyó la cabeza en su hombro.

Y, sin darse cuenta, el miedo comenzó a disiparse.

Todo lo que le habían dicho allí, todo lo que había escuchado sobre vampiros, hombres lobo y seres inmortales, quedó relegado a un segundo plano. En ese instante solo importaba una cosa: se sentía a salvo.

Podía ser un vampiro. Un monstruo. O el mismísimo diablo. No le importaba.

En sus brazos, el mundo dejaba de doler.

El viaje de regreso fue largo. Aurora iba y venía de la inconsciencia. Cada vez que abría los ojos, se encontraba con la mirada de Caín fija en ella, observándola con una ternura que no intentaba ocultar. Sus dedos acariciaban su rostro, su cabello, manteniéndola estrechada contra su pecho como si temiera perderla.

Ese contacto la sostenía.

Al llegar a la casa, Caín la llevó directamente a su dormitorio y la recostó con cuidado sobre la cama.

—Lourdes —ordenó—. Quítale la ropa y aséala un poco. Llamaré a Ernestina para que venga a verla.

—Sí, padre… —respondió ella, dudando—. ¿Has visto…?

—¿La herida del brazo? —interrumpió Caín.

Lourdes asintió.

—Se la hizo Dilan. Tiene su olor. Por eso necesito a Ernestina aquí cuanto antes.

Lourdes obedeció. La congoja se había instalado en todos. Si sus sospechas eran correctas, aquella herida podía ser mortal.

—Necesito que vengas ahora mismo —dijo Caín, comunicándose con la bruja —. Dilan ha marcado a Aurora, pero no es una marca normal, parece más una herida y necesito saber cuán grave es.

—Envia un coche por mí.

—Ya están en camino. Date prisa.

Caín estaba desesperado.

Tanto, que no abandonó la habitación ni un segundo

Ernestina observó la herida, su expresión cambió. No fue sorpresa inmediata, sino algo peor: reconocimiento. Sus dedos se detuvieron a medio camino y el silencio se volvió denso.

Aurora contuvo un gemido cuando la bruja palpó alrededor de la herida. El dolor era profundo, distinto, como si no proviniera solo de la carne.

—Esto no está bien… —murmuró Ernestina.

Caín se tensó al instante.

—¿Qué ves?

La bruja no respondió de inmediato. Se inclinó un poco más, acercó el rostro y aspiró con suavidad, como si oliera algo que no debía estar allí.

—No es una marca de vínculo —dijo por fin—. No es la mordida que un lobo deja en su Luna predestinada.

Caín frunció el ceño.

—¿Estás segura?

—Completamente —respondió ella, firme—. Esas marcas sanan, incluso cuando duelen. Esta no.

Ernestina presionó apenas un punto cercano a la herida y Aurora soltó un grito ahogado.

—Perdón, cariño —dijo la bruja, sujetándole la mano—, pero necesito que Caín lo vea.

Levantó la vista hacia él.

—Esto es otra cosa. Hay veneno.

El aire pareció congelarse.

—Los lobos no usan veneno —dijo Caín, con la voz baja, peligrosa.

—No de esta forma —asintió Ernestina—. Esto fue hecho para dañar, no para reclamar. El veneno está entrando en su sangre y la está matando lentamente.

Caín dio un paso adelante.

—¿Cuánto tiempo?

Ernestina volvió a mirar la herida. Las vetas oscuras que se expandían bajo la piel eran inconfundibles.

—No mucho —respondió—. Y esto no es instinto de manada. Es intención.

Caín cerró los puños.

—Entonces Dilan no la marcó —dijo—. La sentenció.

Ernestina sostuvo la mirada del vampiro.

—Sí —confirmó—. Y quien hace algo así… no actúa solo.

—¿No hay nada que puedas hacer? —preguntó Caín, con la voz contenida.

Ernestina negó lentamente.

—Yo no. Pero tú sí.

La respuesta quedó suspendida entre ellos, pesada.

—Dime qué —exigió él.

—Mantenerla con vida es posible —respondió la bruja—. Por ahora. Tu sangre puede contener el veneno… no erradicarlo.

Caín apretó la mandíbula.

—¿Y después?

—Después tendrás que elegir —dijo ella, sin rodeos—. Dejar que muera… o convertirla.

La idea lo golpeó con violencia. Había jurado no volver a crear a nadie más. Había hecho de esa promesa un límite sagrado. Y ahora, ese límite se erguía frente a él con el rostro de Aurora.

—¿Estás segura de lo que dices?

—No te lo diría si no lo estuviera.

—No sé si puedo hacerlo…

—No es una cuestión de poder —lo interrumpió Ernestina—. Es una cuestión de tiempo. Y ella no tiene demasiado.

—¿Cuánto?

—Un par de semanas, con suerte. Antes de eso, tendrás que decirle la verdad. No decidir por ella.

Caín asintió, rígido.

—Hablaré con ella cuando esté más lúcida.

Aurora estaba muy débil. El veneno la empujaba hacia la inconsciencia una y otra vez. Caín pidió que Lourdes se retirara y se quedó a solas con ella.

Se sentó a su lado. La observó largo rato. El color abandonaba su rostro, y sus labios adquirían un tono oscuro que no debería existir en un cuerpo vivo.

No esperó más.

Se mordió la muñeca y acercó el brazo a la boca de Aurora.

—Bebe —dijo en voz baja—. Te ayudará a mantenerte aquí. Mañana hablaremos.

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