Capítulo 160 —El Éxtasis de la Trinidad
El aire en el calabozo se había vuelto una sustancia densa, casi sólida, saturada por el aroma del sexo, el sudor de la piel y el rastro metálico de la sangre de Caín que aún palpitaba en las venas de Aurora como un veneno dulce. El primer encuentro no había sido más que una chispa en un polvorín; lejos de apaciguar el hambre, había despertado una voracidad primitiva que amenazaba con devorar la cordura de los dos hombres y la resistencia de la mujer que l