La expresión de Mia se suavizó, y me guió hasta el sofá, sentándose a mi lado.
—No tienes que resolverlo todo ahora mismo —dijo con dulzura—. Solo ve un día a la vez. Y recuerda, estoy aquí para ti. Pase lo que pase, no estás sola.
Sus palabras me ofrecieron un pequeño destello de consuelo, pero la desesperación seguía ahí, como un peso pesado que se negaba a desaparecer. Me recosté contra el sofá, cerrando los ojos mientras intentaba estabilizar mi respiración.
—Gracias, Mia —susurré, agradeci