Al llegar a los guardias de seguridad, y con una niebla roja nublándome la vista, no se me ocurrió que no me dejarían pasar. Una mano robusta se posó en mi hombro, y un hombre corpulento me miró con el ceño fruncido. —¿Adónde crees que vas, cariño?—
Él se rió entre dientes, moviendo las cejas. —Puedo decirte lo que tu marido está haciendo ahí—.
Imbécil condescendiente.
Dudaba que fuera la primera vez que una esposa despechada aparecía y exigía entrar al club para pillar a sus maridos infieles e