Me detuve ante el montón de ropa que había justo delante. Beatrice estaba hecha una bola entre las prendas.
Ni siquiera se giró al oír el portazo; simplemente siguió con la mirada clavada en el techo.
Caminé hacia ella con el corazón encogido. Se veía tranquila y silenciosa... demasiado tranquila para alguien que hace unos minutos me había llamado llorando a lágrima viva.
—¿Trice? —la llamé a medida que me acercaba. No parpadeó. Tenía la mirada perdida, aunque miraba de frente. Era como si estu