CRYSTAL.
La madera no se astilló. No se quemó. Simplemente dejó de existir.
La pesada y podrida madera de la puerta de la cabaña se disolvió en una ráfaga de ceniza negra mientras la pesadilla atravesaba sin esfuerzo la pared sólida. No tenía anatomía física: ni pelaje, ni garras, ni colmillos.
Era una imponente silueta de tres metros de altura de magia oscura, arremolinada e impenetrable que sangraba temperaturas de cero absoluto en la pequeña habitación.
Dos cráteres huecos y ardientes de luz