Enrique hizo que Isabella introdujera la contraseña sin soltarla de sus brazos. Ella discutió un poco sobre si estaba bien que se bajara en ese momento, pero él no escuchó sus excusas. Finalmente, la llevó de la misma manera al ático y directamente a su habitación. Con cuidado, la sentó en la cama, un poco a su rompecabezas.
—Gracias—. Ella agradeció, una vez más dueña de su propia gravedad.
Él lucía una sencilla sonrisa en el rostro, mientras permanecía erguido mirándola fijamente. Isabella le