Enrique no pudo evitar echar una última mirada a Isabella. El hecho de que ella pareciera menos preocupada por todo, lo enfurecía, pero era bueno ocultando sus verdaderos sentimientos. Le molestaba lo tranquila que estaba y sí, sabía que era un sentimiento extraño. Dios, estaba empezando a perder la cordura y lo odiaba.
Enrique entró en su despacho, sin mirar a izquierda ni a derecha; y se limitó a dirigirse hacia su escritorio con los documentos firmados hacía unos minutos. Lo dejó de golpe so